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Relatos viajeros Venezuela

UN PAÍS DE CONTRASTES_ Montserrat Parera Bayó
Sabía que Venezuela es un país de grandes contrastes pero no por eso dejó de sorprenderme, que durante mi viaje, pude estar en una húmeda jungla en el delta del Orinoco, en una exuberante selva con paisajes de ensueño en el Parque Nacional de Canaima y más tarde en una exótica y paradisíaca playa del Caribe en Los Roques. Lo que pude visitar es tan solo una parte de lo que este maravilloso país puede ofrecernos. Así me queda la excusa de volver otra vez para poder contemplar sus zonas desérticas, montañosas… entre otras muchas.


Mi primer objetivo fue visitar el Delta del Orinoco. Mi estancia era en Boca de Tigre una de los centenares de isletas que entre caño y caño forma el Orinoco poco antes de su encuentro con el Atlántico. La única manera de llegar allí es desde el embarcadero de Bujas, a través del río utilizando una especie de lancha. Después de una hora en avión desde Caracas y otra hora desde el aeropuerto de Maturín a través de una polvorienta carretera, llegué a Bujas donde me embarqué en una lancha con la única compañía de un chico de la etnia de los Wuaraos que no tendría más de 20 años. Desde ese momento me pareció que entraba en un mundo diferente, en una nueva dimensión por descubrir. A medida que avanzábamos por los caños, estos se iban haciendo más estrechos y la vegetación más espesa, mirando este paisaje se me hacía difícil imaginar que a unos pocos kilómetros se encontraba el Atlántico.


Llegué al campamento y descansé para poder reemprender por la tarde la excursión en la jungla inundable.
A primera hora de la tarde el guía del campamento, su ayudante wuarao y yo empezamos nuestra trayectoria. Antes de encontrar un lugar propicio para introducirnos en la jungla estuvimos navegando una media hora en piragua. Una vez fuera de la piragua y después de no dar más de dos pasos, comprendí el por qué le llaman jungla inundable: el pié se me inundó literalmente hasta más de media pierna. El suelo es muy inestable debido a la proximidad con el océano, de manera que cuando la marea sube también lo hace el nivel del agua hasta alcanzar una altura de unos dos metros, esto implica que el terreno esté continuamente cubierto de agua. Nuestro acompañante era un hombre bajito, de constitución fuerte con rasgos típicamente indígenas, conocía la jungla perfectamente y a golpe de machete nos abría paso hacia un interior. Me mostró un gran número de especies vegetales y su utilidad, desde resinas de árboles utilizadas para atrapar pequeños pájaros, plantas depurativas y otras comestibles, hasta la corteza que se usa en la construcción de las piraguas, que a diferencia de la que se usa en la construcción de las casas es mucho más ligera pero igualmente resistente. Todo ese sin fin de recursos naturales de que disponen los habitantes de esa zona y que nos pasan desapercibidos a los visitantes, me hizo sentir insignificante y con la convicción de que sería incapaz de sobrevivir un solo día. A pesar que el sol lucía con toda su potencia, allí dentro tan solo penetraban unos pocos rayos de luz. El ambiente era extremadamente caluroso, esto acompañado de la elevada humedad hacía que la ropa se te quedara pegada en la piel. La plaga, como así llaman los nativos a los mosquitos por la cantidad que hay, no paraba de dar vueltas a nuestro alrededor. A pesar de estos “inconvenientes” fue una experiencia que no podré olvidar nunca.


Cuando regresamos al campamento el Sol se estaba poniendo, dando al cielo una nueva coloración. Aprovechamos este momento para acercarnos a una de las isletas donde los pájaros van a dormir. Dejamos la piragua “aparcada” cerca de la orilla y esperamos. Primero todo estaba tranquilo, pero de repente una manada de pájaros se acercó a la isleta cubriendo todo el cielo, inundando el espacio con el ruido del batear de las alas y su griterío. Allí estaba yo, en medio del Orinoco rodeada de una naturaleza en su más puro sentido, con las boras tapizando las aguas del delta, miles de pájaros sobrevolando mi cabeza y envuelta en una exuberante vegetación. Después de ese fantástico espectáculo natural regresamos definitivamente al campamento.
La noche en la jungla es algo especial, se inunda de ruidos que en un principio eres incapaz de separar unos de los otros pero a medida que los oídos se van acostumbrando a ellos los vas pudiendo discernir y gozas de un concierto en plena naturaleza.

El día amaneció plácidamente sin ninguna nube en el cielo lo que daba garantías de poder aprovechar al máximo mi último día en el Orinoco. De nuevo en la piragua, nos dirigimos hacia una de las comunidades indígenas de la zona, pero antes realizamos un largo paseo por los caños más escondidos.
Hay zonas en el que las boras tapizan completamente el agua dificultando la navegación. Paseando silenciosamente a través de los caños más estrechos, donde la vegetación de un lado y otro se dan la mano formando una especie de túnel, puedes llenarte de toda esa belleza visual y auditiva. Si tienes suerte puedes ver a los monos aulladores, aquel día a pesar de nuestros esfuerzos solo los pudimos oír. También se pueden ver caminar plácidamente por la orilla del río a las Babas que son una especie de caimanes, a pájaros de infinidad de colores volando encima de ti. En esa zona también hay anacondas, pero encontrarlas aunque interesante, ya no sería una suerte. Son unos instantes maravillosos que parecen sacados de un reportaje de aventuras en el que tú eres el auténtico protagonista, entonces abandonas la máquina fotográfica y decides disfrutar el momento grabando lo que ves en tu cerebro.


A las orillas de los cayos se van encontrando diferentes poblaciones indígenas. Las casas de los Wuaraos están construidas con troncos muy fibrosos lo que les da una extremada resistencia, mientras que los tejados están hechos con hojas de palma. Es una misma casa vive toda una familia que puede llegar a ser muy numerosa el hombre de más edad es quien manda, aunque con ellos dicen las mujeres son quienes deciden la mayoría de las cosas que acontecen en la casa. Los Wuaraos viven de la pesca, de las plantaciones que tienen y de lo que regularmente les llega al poblado a través de algún que otro vendedor de diferentes utensilios y de ropa. El hecho que en aquellos momentos fuese yo la única visitante, me permitió estar más tiempo con ellos, pude comer el maíz que me ofrecieron, beber agua de coco fresco y pasearme placenteramente por el poblado. De las hojas de las palmeras también sacan la fibra para elaborar cestas y otros útiles para ellos y para venderlos a los pocos turistas que visitan la zona. Los críos pequeños ayudan desde muy temprana edad a las tareas de la casa, por ejemplo niñas de no más de diez años se dedican entre otras cosas a sacar, con gran habilidad, la fibra de las hojas de la palma. En uno de los poblados que visité estuve en lo que hace tiempo había sido una escuela, pero tuvieron que dejar de impartir clases porque no les llegaba el material suficiente para hacerlo. Ahora de la escuela solo queda el recuerdo, ya que se ha convertido en un lugar más donde los niños semidesnudos corretean y juegan sin ser conscientes de lo que en un día esa cabaña fue.


Otra de las actividades de la mañana fue la pesca artesanal de la piraña, concretamente de las que ellos llaman las caribes. Es una especia de piraña bastante pequeña pero no menos agresiva que sus parientes más grandes. La pesca consiste en poner un pedazo de carne de res con cebo y golpear el agua con la caña para llamar la atención de las pirañas. De regreso al campamento saboreé por última vez esos paisajes de una naturaleza brutal y magnífica como es la de esta parte de Venezuela.
En el avión destino a Porlamar, desde donde la mañana siguiente iniciaría mi viaje hacia Canaima, recordé todo lo vivido y pensé que una de las cosas que me hubiese gustado llevarme de recuerdo sería una grabación de todos los sonidos que escuché.
De Canaima tenía más referencias que del Orinoco, por lo que había leído sabía lo que allí me podía encontrar, pero como pasa siempre el contacto con la realidad supera todo lo previsto.
Canaima es uno de los parques nacionales más grandes del mundo, pero no es esta grandeza la que te embruja, sino que son sus maravillosos paisajes, la combinación del verde de la selva con el azul intenso del cielo y el marrón de sus aguas los que hacen que se convierta en un paraíso. Todo eso sin tener en cuenta el espectáculo de sus saltos de agua, los centenares de tepuyes en el que se encuentran y que estamos pisando un suelo de los más viejos del planeta, ya que se considera que tiene unos 1800 millones de años.
Cuando llegamos tenemos un sin fin de posibilidades para poder disfrutar del parque, pero el poco tiempo del que por desgracia disponía, solo me permitió poder hacerme una idea de lo que es Canaima.
Lo primero que hice en llegar fue dar un paseo por la Laguna de Canima. La visión de los saltos de agua que dan lugar a la laguna con los tepuyes, esas curiosas formaciones montañosas de paredes verticales, me fascinó de inmediato.
El río Carrao al llegar a Canaima se divide en dos brazos, uno de ellos origina la Laguna del Sapo con sus correspondientes saltos de Sapo y de Sapito, mientras que el otro da lugar a la Laguna de Canima, donde me encontraba en esos momentos, contemplando sus cuatro saltos de agua: Ucaima, Wadaima, Hacha y Golondrina.

Es un capricho de la naturaleza que en medio de la selva pueda haber un paisaje como ese, que con su arena blanca, las palmeras, su continuo y suave oleaje es más propio de una playa caribeña.
Durante el paseo tuve la necesidad de descalzarme y entrar en contacto con ese suelo milenario. El agua de la laguna era tibia y al igual que toda la que circula por Canaima, es de color marrón. Uno podría pensar que se trata de barro o que es un efecto óptico, pero nada más lejos de la realidad. El agua es totalmente limpia y el color se debe a la disolución de los taninos que las hojas de los árboles han ido dejando por el paso del agua a través de kilómetros y kilómetros de selva.
Una de las cosas más interesantes de viajar sola, es que la gente le cuesta menos acercarse a ti para entablar una conversación y contarte cosas que en las guías de viaje no encuentras.
Mientras paseaba tranquilamente por la laguna se me acercó un hombre que me contó una serie de cosas acerca de la laguna y de las creencias de los indios Pemón.
En lengua indígena, Tepuye significa “montaña que acaba en llano”. Estas tienen para los Pemón un significado mágico, son para ellos lugares sagrados donde habitan los espíritus. Me contó también que para los indios Pemón cada uno de los saltos que hay en la laguna significa un nivel espiritual al cual accede el alma una vez abandona el cuerpo en función de lo que ha sido en su vida. Ucaima significa el que atrae y las almas son atraídas a este salto.
Wadaima y Hacha significan las que cortan, de manera que a esos saltos irían a parar las almas que tienen que cortar con esta vida para poder reencarnarse con otra. Finalmente Golondrina, que significa el que vuela, irían a parar aquellas almas que ya están preparadas para volar libres.
Estas explicaciones acompañadas de la magnífica puesta de Sol sobre la laguna, hicieron crecer en mí la admiración por ese entorno, es la fascinación de lo misterioso.
Llovió toda la noche y el día amaneció con algunos nubarrones que poco a poco fueron desapareciendo quedando el día completamente despejado y perfecto para el sobrevuelo en DC-3 por Canaima y poder contemplar el Salto Ángel, quizás una de las cosas más conocidas de Venezuela.
El sobrevuelo en DC-3 permite darte una idea de la inmensidad del territorio del parque. Desde el avión Canaima se ve como una tupida alfombra verde de la que sobresalen los Tepuyes, testimonios un tiempo muy lejano y de vez en cuando se ven ríos con su coloración característica serpenteando entre la selva y sabana.
El principal atractivo es ver el Salto Ángel que con sus 979 metros de caída libre se convierte en el más alto del mundo. El salto surge desde un Tepuy llamado Auyan Tepuy que significa “montaña del diablo”. Los indígenas de la zona lo conocen desde siempre y lo llaman Churun Meru. Se conoce como Salto Ángel desde el año 1935 cuando Jimmy Ángel, un buscador de oro norteamericano, lo vio por primera vez.
A medida que me acercaba al Auyan Tepuy mi expectación por ver el Salto Ángel aumentaba, cuando finalmente estuve delante no me defraudó. Allí estaba él exhibiendo toda su grandeza y fuerza, superando lo que me había imaginado, no en vano es considerado como uno de los lugares más bellos de la tierra. El agua no sale desde la misma cima de la montaña sino que lo hace un poco más bajo. La velocidad y la fuerza con la que cae, hace que el agua se pulverice en millones de partículas envolviéndolo en una especie de nube que lo hace aún más atractivo.
De regreso al aeropuerto y con los pies en suelo firme me pareció que por unos instantes había estado transportada en un mundo imaginario, y hasta que no pasó un buen rato no cogí consciencia de que era realidad que había estado sobrevolando el Salto Ángel, el mismo que admiraba en las fotografías de las revistas cuando preparaba mi viaje.
Después de un corte descanso para almorzar emprendí mi excursión hacia el Salto del Sapo.
Empezamos navegando en curiara a través de la Laguna de Canaima contemplando, ahora desde más cerca, los cuatro saltos que hay en la laguna. La curiara es una embarcación típica de los Pemón que durante siglos han utilizado para navegar por estas aguas.
Para llegar al Salto del Sapo hay que andar algo menos de una hora desde la Laguna. Es un paseo plácido sin ninguna dificultad, lo que permite observar con más detenimiento lo que hay a tu alrededor. Puedes intuir que cada vez estás más cerca porque el suelo empieza a estar más húmedo, la vegetación más espesa y se oye más fuerte el sonido del agua.
Recibe el nombre de Salto del Sapo del porque allí es donde vive una especie de sapo autóctono de la zona. Es pequeñito, de color amarillo y negro, muy vistoso pero extraordinariamente venenoso, hasta el punto de poder producir la muerte de un hombre adulto.
Finalmente me encontré delante del salto, viendo como millones de litros de agua se precipitan por esa cascada.
Era el momento de despojarme de parte de mi ropa y atravesar el salto introduciéndome en ese túnel delimitado a mi derecha por la roca y a la izquierda por la cortina de agua de color dorado. Cruzar el salto por debajo produce una sensación de bienestar. La velocidad con la que el agua va cayendo crea una corriente de aire y hace que millones de partículas de agua se esparzan dejándote completamente mojada.
Una vez cruzado el salto continué caminando aunque antes eché una mirada hacia atrás para ver donde había pasado. Muy pronto llegué a un lugar desde donde se puede ver la sabana de Canaima. Nada tiene que ver con la selva. Es llana con arbustos bajos y puedes ver hasta donde te alcanza la vista sin ningún tipo de obstáculo. En ese lugar circula el río Carrao y tuve de nuevo la oportunidad de bañarme en sus cálidas aguas. No hay palabras para describir esa belleza. Recuerdo que cuando lo vi pensé que si el paraíso existe sería como lo que tenía en frente. Estuve un buen rato callada, contemplando el paisaje.
En el camino de regreso, cuando volví a pasar por debajo del Salto del Sapo me detuve en medio de él, me puse frente a la caída de agua con los ojos cerrados y al igual que los indios Pemon me concentré para captar la energía que hay en ese lugar.

La noche en Canima transcurrió como las otras. Antes de acostarme me quedé un rato sentada en la terraza del restaurante contemplando la laguna iluminada por la luna, al fondo los Tepuyes recortando el horizonte, escuchando el continuo y melódico rumor del agua precipitándose por los cuatro saltos. Era consciente que posiblemente ya no volvería a verlo más y eso me entristeció.
La mañana siguiente la aproveché para dar mi último paseo por la laguna, y sacar algunas fotos más. Por la tarde cogí una avioneta en el mismo aeropuerto de Canaima destino a Isla Margarita, desde donde a la mañana siguiente cogería un avión hacia Los Roques, mi último destino en Venezuela.
Los Roques son un archipiélago situado en medio del Caribe, formado por numerosas islas una de ellas es el Gran Roque. A diferencia de Isla Margarita no es un lugar de turismo de masas de manera que pude descansar.
Las playas con su arena blanca y el agua de color turquesa invitan a tumbarse al Sol, dejando que se vaya dorando la piel. Aún así son muchas las actividades que puedes hacer durante tu estancia en el Gran Roque, pero me limité a la práctica del snorcling para poder disfrutar del fondo marino de las islas.
Los Roques son una reserva nacional de manera que toda la naturaleza está muy conservada. Es un placer bucear observando de cerca los artífices de coral y la gran variedad de peces de colores.
Como dicen que todo lo bueno tiene su fin, a mí se me terminaron los días de viaje y regresé a Barcelona cargada de lo más valioso que uno puede traerse de su viaje: una infinidad de vivencias que te enriquecen interiormente y que deseas compartir con otra gente.


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