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Relatos viajeros Siria

SIRIA, DONDE LO ÚNICO QUE SOBRA ES EL PALACIO _ Rosa Maestro Maestro

Cruce de culturas, recibe siempre al extranjero bajo el tul de su merecida fama hospitalaria.

Llegamos a la ciudad de Damasco cuando la tarde caía y el sol apenas se dejaba ver entre sus mezquitas. Un taxi nos acercó hasta el hotel reservado, no sin antes tener que pelear y regatear por el precio, que siempre suele ser algo disparatado para el extranjero.
La primera impresión de Damasco fue la de la falta de luz, artificial me refiero; la oscuridad y el silencio sobrecogen al pasar por algunas de sus calles. Sin embargo, la mañana nos sorprendió con el sol por delante y el gentío de sus calles dispuesto a recibirnos con esa cálida sonrisa y hospitalidad, de merecida fama, que el pueblo árabe profesa al extranjero.
Esa misma mañana alquilamos un 4X4, y a pesar de esa primera inseguridad que a uno le sobrecoge en un país musulmán, nos adentramos en las carreteras de su exótico entorno. No había transcurrido ni tan siquiera un par de horas cuando ese temor se convirtió en una agradable comodidad junto a sus gentes, mercados, pueblos y desiertos. Aprendimos a sortear las glorietas, siempre teniendo preferencia el vehículo que circulaba por su interior, al contrario de lo que acostumbramos; nos dejamos llevar por la falta de semáforos y tomamos la autopista con dirección norte.
La autopista nos sorprendió por su caótico encanto, donde todo está permitido, los carriles no existen y los coches adelantan a toda velocidad, no sin antes saludar. La primera ciudad en la que nos detuvimos fue Aleppo. Una de las más antiguas y que todo el mundo debería visitar al menos una vez en la vida, al igual que la Meca para los musulmanes. Se encuentra acomodada en un Oasis impresionante y su ciudadela es una de las mejores muestras de arquitectura milutar. Su zoco es conocido como el más grande del mundo, más de 14 kilómetros de estrechas callejuelas con recovecos, muchas de ellas cubiertas con lonas, túneles, o recovecos. Cada cruce supone una sorpresa y su griterío y vociferío impiden escuchar la llegada de carros y burros que apenas dejan espacio libre para moverse.
Nos tardamos mucho en hacernos con el ambiente y rápidamente nos abrimos a sus gentes, al regateo, a las risas, al té hospitalario y al placer de las compras… Brocados, objetos de vidrio soplado, bordados, plata, especias, oro, telas indígenas o alfombras.
Situada al sur de Aleppo, a unos 140 km., se encuentra Hamma, que sorprende al viajero por sus norias típicas de madera y desde allí, se puede seguir ruta hacia Apamea, una ciudad grecorromana. Esta ciudad llegó a ser enormemente conocida en el mundo clásico por la gloria que despertó su escuela de filósofos y en ella se puede disfrutar de unas vistas al Orontes y a las Planicies Ghab que impiden la respiración. El Ghab al contrario de lo que nos esperamos encontrar, una Siria ocre y arenosa, es sorprendentemente fértil y verde. El agua del Orontes llega a través de los canales de irrigación.
Disfrutamos antes de partir hacia el sur de los exquisitos manjares de la comida siria como el kebab, crema de berenjenas o garbanzos… Aunque la mayoría de los restaurantes ofrecen comida internacional para aquellos viajeros que no se atrevan con estos pequeños festines. Sin embargo, es aconsejable que una vez sellado el pasaporte, se prueben los manjares lugareños, porque, además, en este encantador país de Oriente Medio, las viandas son exquisitas y de un sabor inolvidable al paladar.
Nos fuimos alejando hacia el sur… y nos dimos cuenta de que Siria no es un país que se destaque por un gran despliegue de riqueza, ni lujosas o grandes mezquitas, pero sí por esquinas recónditas, mezquitas serenas, callejuelas con mucho encanto y despertares con olor a un pasado imperial de sentimientos. Su gente pasea tranquilamente, no hay lugar para las prisas, y el estrés y la ansiedad son dos palabras desconocidas en su lenguaje. Sus mujeres, muchas de ellas ataviadas con “chadot”, apenas dejan huella a su paso, tan solo un leve roce de su mano sobre tu vestimenta occidental y la mirada amiga de sus ojos al pasar. Son grandes aliadas de las extranjeras y sabrán siempre cómo proteger a una mujer occidental, tan sólo con un gesto, de su miedo a lo desconocido, del ímpetu del mercado y del misterio de sus calles. Algunas dejan entrever entre el manto de telas sus tobillos, y esos brillantes zapatos, exportados de occidente, al más puro estilo plástico.

Nunca se siente uno lejos de casa, siempre se forma parte de ellos, de su mundo. El pueblo árabe, es mucho más acogedor que el europeo, donde acostumbramos a ir a lo nuestro y desconfiamos de todo aquel que se acerca a preguntarnos. El pueblo árabe tiene tiempo para dedicar al extranjero unas palabras, aunque sólo sean de bienvenida; eso sí, luego siempre tienen alguna joya del antiguo imperio que sacar del bolsillo para vender. Pero nunca se ofenden por no comprar; ante la negativa, siempre se despiden con una sonrisa y una invitación a su casa para tomar té. Para ellos es un orgullo que te acerques hasta su humilde hogar y después pasarán días recordándoles a sus vecinos, que fue en su casa donde moraron los extranjeros.
Nos adentramos en carreteras polvorientas, camino del sur, camino del desierto… Estaba atardeciendo y el sol caía por detrás de las casas de adobe y arenisca, o quizá por detrás de alguna duna, cuando percibimos la imagen más hermosa que mis ojos hayan podido soñar: PALMYRA… Se nos presentó en forma de ruinas, que a pesar del paso de los siglos, no se habían dejado seducir por el abandono y aún mantenían su colosal orgullo imperial. Por muchas ruinas que se hayan llegado a ver, Palmyra es diferente, es única; nunca podrán ser “unas más”. Aquí se mezclan aspectos helenísticos, romanos y espartanos. Al este de la ciudad, el valle de las tumbas, perfectamente conservadas, son auténticos palacios subterráneos que envuelven de magia y misterio el oasis que cobija su historia. Es, sin lugar a dudas, de esos pocos lugares que se quedan por siempre grabados en la memoria. Su nombre Palmyra, aunque en árabe es Tadmur, hace referencia al conjunto de palmeras que forman el oasis. Fue una de las rutas comerciales más importantes del Mediterráneo junto con el valle del Eufrates, paso de las conocidas rutas de la India y China, de ahí su importante mezcla cultural.
Fue la capital de la Provincia Romana de Arabia y proclamada Colonia Romana por el Emperador Caracalla en el año 217. Tuvo su gran esplendor hasta la Rebelión de la Reina Zenobia en el año 270.
El desierto ha sido un oasis en la filosofía y forma de vida para estos pueblos. Su gente, los beduinos, han estado organizados en tribus de hasta mil tiendas. Hoy en día, apenas quedan hombres del desierto. En los aledaños a las pequeñas ciudades, se les puede ver, en torno a una vieja “jaima” o tienda; muchas veces confundidos por gitanos. Se dedican a vender leche y mantequilla que elaboran sus mujeres, al mismo tiempo que cuidan de sus muchos retoños. Los hombres pasan el día dedicados al pastoreo.
Con suerte y echando mano de un buen guía, el viajero puede adentrarse en este pedregoso y arenisco desierto, y hasta tener la suerte de encontrarse con una familia de beduinos en torno a una “jaima” aislada, que todavía se mantiene firme en sus costumbre de vida nómada. Las gentes del desierto son efusivas, hospitalarias donde las haya, y con unas enormes ganas de dedicar parte de su día a charlar con el viajero, a quien no le faltará una taza de té. Lo dan todo, lo poco que tienen, su tiempo, su agua, su sombra bajo la tienda, su sonrisa y hasta una caricia. Casi antes de saludar están sacando de un arcón viejo los cuatro aperos que poseen, justo los necesarios para preparar esa infusión que afirma que eres bien recibido. Luego preguntarán por medicamentos. Para estas familias es muy difícil acceder a ellos al vivir tan alejados de la ciudad.
A las mujeres beduinas les encanta fumar y saborearán esas caladas que por fortuna el extranjero les pudo regalar. Fuman y beben en cuclillas, postura muy habitual en ellas, y no solo para parir. Finalmente, saldrán todos de la “jaima” para despedir al turista cariñosamente y de forma amigable le abrazarán y en su idioma le desearán la “mejor de las suertes”.
Cada vez son menos las familias beduinas porque el Estado les obliga desde hace tiempo a escolarizar a sus hijos y cumplir con la mili. Para ello, se les ofrece programas gubernamentales de asentamiento. Muchos de ellos, encontraron el sedentarismo en Palmyra, desde donde atienden a los turistas, vendiendo postales, dátiles, alquilando camellos y haciendo de perfectos titubeantes guías.
De regreso a Damasco, nos dejamos caer una y otra vez por sus calles.
Damasco es una ciudad moderna, aunque no por ello se aleja de sus costumbres más ancestrales, y así, por ejemplo, en cualquier esquina, un aguador te invita a apagar la sed de días tan calurosos.
El zoco de esta metrópoli es tumultuoso a todas las horas del día, pero en él se puede encontrar prácticamente de todo, es quizá como nuestro pequeño rastro madrileño pero con olores exóticos y escaparates de una moda “fashion” muy diferente a la que estamos acostumbrados. Trajes de novia en colores chillones, como rosa, verde manzana, amarillo, repletos de encajes de los más variopinto, puntillas, perlas y capas y capas de tela de organiza.
Las mezquitas de Damasco merecen la pena… Su gente no sólo deja que el extranjero las conozca sino que les enseña con orgullo y muestran un profundo respeto por la curiosidad del turista ante sus costumbres. Siempre con un profundo respeto a diferencia, Siria permite el panarabismo, fruto de las múltiples invasiones de las que ha sido víctima a lo largo de la historia. Conviven sunníes, chíes, drusos, cristianos, judíos, ortodoxos… En Aleppo se habla armenio y turco, aunque en su mayoría se declaran musulmanes de la rama suní. Existe una minoría cristiana, así como una pequeña comunidad judía y muy pocos se atreven a hablar en kurdo.
Siria, ha sido siempre un país seguro para el turista. El viajero puede dejar su coche abierto por despiste en un pueblo inhóspito del desierto, alejarse para fotografiar tantos paisajes hermosos, que al regreso, lo único sorprendente será el grupo de chiquillos merodeando alrededor del vehículo, curiosos y confiados en recibir alguna moneda, pero no se echará en falta ni una sola de las pertenencias.
Siria está situada donde se supone que se originaron las primeras civilizaciones del mundo, donde las primeras metrópolis comenzaron a escribir la historia de la urbe y donde el comercio invitó a abrir fronteras y los pueblos comenzaron a saber unos de otros. Algunos historiadores apuntan a que existen vestigios de pueblos agricultores que habitaban en el territorio sirio ocho milenos antes de la era cristiana.


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