BOLIVIA, UN PAÍS QUE NO PUEDE PROGRESAR_ Ignasi Puiggros Diez
La Paz, capital de Bolivia, aquí fue el inicio de un gran viaje realmente inolvidable. Días antes de marchar los nervios me hicieron sufrir mucho. Era el primer viaje sólo y a un país tan lejano, ha sido para mí una gran experiencia. Valió la pena.
La capital es una ciudad de mucho movimiento y vida, lo que ocurre es que a 3.000 m de altura nada fácil, se encuentra aislado por los Andes, es diferente a otros países de Sudamérica, un país que lucha para sobrevivir de la miseria en que se encuentra. Todo esto queda reflejado en la capital, los niños limpian zapatos, las condiciones de vida son miserables, las viviendas son infames. Lo peor es que en los alrededores por lo general es peor; la vida en el campo es muy dura. La gente que vive un poco mejor es en las ciudades medianas.
En el centro de la ciudad hay ubicados unos cuantos edificios modernos y algunos antiguos, el resto son construcciones muy sencillas y según se va saliendo son más sencillas todavía.
Para conocer un poco sus orígenes me dirigí a Tiwanaku, civilización que en la historia ha estado siempre oprimida, tanto por los Incas después de Cristo, como por los españoles en el S. XV, no han levantado cabeza, y actualmente no lo tienen fácil.
Para desplazarme hacia el sur lo hice en líneas de autobuses, el tren fue eliminado, las infraestructuras son precoces, a pocos kilómetros nos quedamos embarrancados en un riachuelo, hizo que nadie pudiera tirar, adelante había grandes cantidades de autobuses que hacían el mismo recorrido, hasta el amanecer se fueron buscando soluciones. A media mañana nosotros continuábamos enfangados, al final se solucionó todo y que yo tuve que buscar quien nos ayudara.
Por la noche llegamos a la ciudad de Sucre. Al día siguiente tenía que buscarme la vida porque quería ir a un pueblo que había mercado, me habían hablado que era muy interesante.
A primera hora me dirigí al mercado de la ciudad de Tarabuco, que hacen cada domingo. El transporte por carreteras es poco transitable, pero es realmente interesante porque ves como vive la gente, costumbres y poderse comunicarse con ellos. Había mucho movimiento, la gente en esta zona viste diferente; Bolivia es de los países que cuentan con más influencia indígena. Los rostros de la gente están muy estropeados por el sol y de no cuidarse.
De vuelta a Sucre visité la ciudad que es de construcciones coloniales, edificios y monumentos blancos que le dan mucho encanto, es una ciudad que vale la pena ver. A las afueras de ésta hay una fábrica de cemento. Fui a ver unas pisadas de dinosaurio únicas en el mundo, el problema era el tipo de superficie y como se encuentra en la intemperie, el agua las está destruyendo.
Al día siguiente hacia Potosí, al llegar me esperaba un día fuerte de experiencias. A la mañana nos cambiamos de vestimenta para dirigirnos a una colina y adentrarnos en el interior de una mina. Fue muy duro, y es difícil de explicar; las condiciones en las que aún en este siglo trabajan los mineros, sin luz eléctrica, sin comer ni beber y el desplazamiento por el interior sin ningún tipo de comodidad, se trabaja como hace 400 años. Bajamos dos plantas, había zonas que casi nos teníamos que arrastrar por los suelos, estrechos y con mucho calor. Estas situaciones le dan a uno mucho que pensar. Fui a la Casa de la Moneda, para conocer un poco más la historia y por mucho que uno intente explicarlo es imposible de entender las condiciones en las que estaban y en las que aún están.
Uyuni, cogí desde allí un todo terreno para ir al salar, un gran espectáculo, este lago de sal. Como era época de lluvia había unos centímetros de agua y con el reflejo de las nubes impresionaba, hacía un efecto curioso porque no se diferenciaba donde acababa el lago y donde comenzaba el cielo, paramos para visitar un hotel hecho de sal, luego fuimos a una isla llamada del pescado y sus majestuosos cactus que se levantan hacia el cielo, que algunos llegan hacer 8 metros. De ahí nos esperaba un largo camino a San Juan, pero valía la pena, ya en el albergue lo que uno deseaba era dormir. Al día siguiente fuimos a ver una pequeña ermita hecha de adobe, era muy pequeña pero tenía algo especial, rodeada por el cementerio, es de las más antiguas que se conservan. En dirección a la Laguna Colorada el camino se hacía largo, pero al llegar el cansancio es recompensado. El rojizo lo adquiere por los microorganismos que tiene el agua, subimos a lo alto de una colina para divisarlo mejor y ver los flamencos que dan un gran colorido y más con el contraste de las montañas al final, cuando se pone el sol hace que la naturaleza sea un mundo excepcional. Al día siguiente antes de que despuntara el sol estábamos a 4900 m en “el sol de la mañana” para ver los géiser, se tienen que ver a esta hora como soplan, nunca los había visto y son dignos de admirar.
En las aguas termales tomar un baño hizo que el cuerpo recuperara fuerzas, la energía para seguir, aunque era todo tan maravilloso que las fuerzas salían solas, la visita a la laguna verde fue rápida, el tiempo se nos comía. Las lluvias en el país no nos ayudaron y teníamos que volver por el mismo sitio, pero cambié la ruta con un alemán que conocí, cruzaríamos por Chile ya que las carreteras eran mejores. Hicimos noche en Arica, fue el único día que comimos diferente, era zona costera y tomamos pescado, fue un día de descanso que iría bien porque el día siguiente sería un largo viaje a Cochabamba, de camino pinchamos en el autobús, pero no fue nada que no se pudiera solucionar. En esta ciudad no es que tuviera mucho que mirar, de aquí volvería a la capital, donde me timaron y me quedé sin dinero, suerte que llevaba tarjeta, me mentalicé que no pasaba nada e intentar volver a la normalidad, esto fue antes de ir al valle de la luna, al volver a la Paz se había quedado sin luz, cuatro gotas y lo estropea todo, aunque esto también sucede aquí.
Copacabana una de las ciudades más importantes del lago Titicaca en el lado de Bolivia. Cuando llegué estaban con las fiestas la de la Virgen, unos cuantos de la ciudad iban disfrazados y tenía su encanto. De la ciudad lo más destacable es la iglesia.
El lago en un principio me decepcionó un poco, tal vez me esperaba algo más impresionante, o tal vez era porque hacía mal tiempo. Fui a la isla de la luna y la del sol, el cielo se estaba despejando y todo se veía mejor, al fondo con las montañas nevadas daban un gran contraste. El nombre de Titicaca viene de puma y de piedra. El significado es que el puma es la tierra, y para ellos la tierra era lo más importante.
Al llegar por la noche a Copacabana me sentía un poco triste, era el primer día que había tenido esta sensación, todo y esto, estaba contento por ver hasta donde había llegado; cené pescado, papa rellena y un plátano frito en medio de la calle y recuperé un poco este bajo esta de ánimo, además al día siguiente me esperaba un largo viaje hasta Cuzco.
Llegar a una ciudad de noche es un poco terrible, al día siguiente fui a comprar el billete para ir al Machu Pichu, se tenía que comprar para el día siguiente, el cual salía muy pronto por la mañana y también volvía pronto por la tarde así que sólo cogí de ida, en la cola de la estación estuve hablando con una argentina.
No tenía ni idea como era la ciudad de Cuzco, pero la verdad es que me sorprendió muchísimo, es maravillosa, la plaza central, los edificios, las calles tiene un gran encanto, son de las ciudades que siempre querrías volver, nunca te cansas de recorrerla y admirarla, pero si Cuzco era maravilloso el Machupichu no se quedaba nada atrás, la única manera de ir es o en tren o a pie por el camino de los Incas, pero dura muchos días y el tiempo no acompañaba. El viaje es espectacular con el tipo de vegetación frondosa hasta la ciudad de aguas calientes, situada debajo del Machupichu. Me volví a encontrar con la argentina y conectamos bien, así que decidimos subir juntos a pie, pero el tiempo no era bueno, pero tuvimos suerte de que un camión que pasaba nos acompañó hasta arriba, al llegar no se veía casi nada, la niebla lo tapaba todo, en un momento desaparecía, pero se volvía a tapar, era fantasmagórico, fuimos en dirección al puente de los Incas pero el camino estaba tapado, así que volvimos y cual fue nuestra sorpresa que el cielo se despejó totalmente y que no había nadie, era como en un cuento, todo aquello era mágico, así que nos quedamos hasta que el sol se fundía, pero nos teníamos que ir, no por ganas, pero la noche se nos caía encima, además la bajada era peligrosa, tuvimos suerte que el cielo estrellado nos acompañaba, ya en la ciudad de Aguas Calientes, que estaba completamente muerta buscamos un sitio para cenar, encontramos un sitio donde nos cocinaron sólo para nosotros.
De vuelta ya a Cuzco, a partir de ahora ya era la cuenta atrás, los últimos días los pasé en Sorata, ya en un plan más relajado, era una zona que se respiraba paz y tranquilidad, queda en un valle. Al día siguiente el del hotel me alquiló un Quad, y la verdad es que hacía tiempo que no había disfrutado tanto, y como estaba todo enfangado aún disfruté más.
Ahora si que ya volvía a La Paz. Volví en una flota al día siguiente, el viaje fue distraído viendo el paisaje y hablando con el conductor que me explicó un poco más a fondo la realidad del país y lo tienen difícil para poder sobrevivir.
Al llegar a La Paz hice las últimas compras para traer de recuerdo a los amigos y familiares y ya coger el avión de vuelta.
En el aeropuerto esperando tuve un tiempo para pensar, meditar sobre lo que habían estado todos estos días: viajar es la experiencia más importante e intensa que hay en la vida, conoces gente, costumbres, formas de pensar diferentes, paisajes y valorar lo bien que se vive en nuestro país.
LA MONTAÑA DE LOS AYMARAS
Huañacota (Laguna seca en aymara) es una aldea ignorada del Depto. De la Paz; los escasos campesinos que la habitan ven pasar año tras año las polvorientas movilidades que nunca se detienen, seguidas de cerca del autobús diario que se precipita hacia los valles, camino de Quime. Huañacota no sale en los mapas, tan sólo se esconde en una pequeña planicie en medio de la subida a un puerto que separa la Cordillera principal de Quimsa Cruz (Tres Cruces) del sector de Santa Vera Cruz. Rodeada de montañas que saciarían la sed de ascensiones de todo andinista, Huañacota es una población humilde y sencilla, visiblemente horadada en sus laderas ocres y rojizas, tonos que delatan un nostálgico pasado de tradición minera. La fuerte crisis que padecieron el estaño y el wolframio llamó a las puertas de este lugar, en esta ocasión para quedarse y no pasar de largo. Hoy en día todo esto forma parte de un recuerdo de un pueblo que, sin saberlo, ocultaba en una de sus montañas, un misterio que ha sido desvelado ocho siglos más tarde: sus antepasados escalaron el pico Santa Vera Cruz (5.560m.) con el propósito de realizar una ofrenda en su cumbre.
EL DÍA DE LA CUMBRE
Suena el despertador a las 5 de la mañana en medio de una noche especialmente gélida, fenómeno muy común en estos últimos días del mes de Junio, los más fríos del año en Bolivia. La somnolencia de los primeros minutos no puede con el entusiasmo que nos depara la cumbre, su ascensión y su misterio.
A veces me vienen recuerdos de los últimos días de estancia en la Paz.
Una ciudad muy peculiar, que atrae increíblemente sin llegar a convencer del todo; tiene una magia especial en sus calles, en su trazado, en sus gentes que combinándola con sus permanentes ruidos y el agobio de sus mercadillos crea un sentimiento algo contradictorio sobre esta dinámica urbe que parece querer deslizarse por sus laderas y cárcavas inestables.
Al llegar en esta ocasión a la Paz rápidamente me puse en contacto con mi amigo Hugo Berríos y con el arqueólogo Oswaldo Rivera, comenzando sin respiro una andadura burocrática que nos demoró una semana entre convenios del Viceministro de Cultura, acuerdos de cooperación entre la Embajada de España en Bolivia y la Prefectura del Dpto. de la Paz, colaboración de Jenecherú (Programa de T.V. cultural).. Un largo caminar que resultaba más duro que escalar los propios nevados bolivianos. A pesar de todo, el esfuerzo dio su fruto y conseguimos ayuda económica, así como la disponibilidad de dos vehículos hasta la aldea de Huañacota.
La noche va cediendo terreno al amanecer andino sereno pero sufrido; es hora de partir hacia lo más alto no sin antes realizar una ofrenda a la Pachamama (Madre Tierra) y a sus Achachilas locales (espíritus de las montañas), derramando un poco de alcohol sobre hojas de coca depositadas en un altar improvisado. Este ritual de los Caballeros de los Andes nos protegerá de los peligros inherentes a la montaña.
Avanzamos lentamente, el efecto de la altura es comparable a la peor de las mochilas pesadas; Benjamín aprovecha entonces para grabar en los momentos precisos, pues ha tenido el valor (¡o la desdicha!) de cargar con una cámara de unos 18 kg. de peso; Agustín y Hugo vigilan sus movimientos ayudándole en el porteo del trípode de 12 Kg.
Después de cruzar el glaciar realizamos una travesía hacia la vertiente sur de la montaña y superamos una fuerte pendiente de unos 55º de inclinación; más arriba se suaviza, pero continúo asegurando a los compañeros de cordada clavando unas “estacas” de aluminio de casi un metro de longitud que serán de gran ayuda para efectuar el descenso.
A las 2 de la tarde vuelvo a experimentar las mismas sensaciones del año anterior cuando en aquella ocasión escalé con Javier Navarro. Nos encontramos todos en la cumbre de Santa Vera Cruz, en una montaña sagrada para los aymaras, un lugar de veneración, de ofrendas de altura, y aunque nosotros no compartimos esos sentimientos religiosos de su época, mantenemos un impresionante respeto y admiración por esta cultura precolombina y por la montaña que servía de templo. No podemos perder más tiempo, después de una breve inspección en la cima, Oswaldo Rivera ubica el lugar del hallazgo de Mayo del 99.
Pablo Rendón, arqueólogo del DINAAR (Dirección Nacional de Antropología y Arqueología) comienza a descubrir las piedras esquistosas que ocultan un tejido de color guinda (teñido probablemente con cochinilla). En la parte central de la ofrenda se observan diez piezas de dentadura humana y se detecta la presencia de varios huesos, el más largo orientado de Norte a Sur; debajo de éste descubrimos una falange, dos huesos largos y delgados, además de restos de mandíbula y una cabeza de hueso todavía por identificar.
Nos encontramos algo confusos, pero radiantes de alegría; no esperábamos este hallazgo, pues pensábamos que las piezas desenterradas el año pasado constituían todo el conjunto de la ofrenda; sin embargo, al rescatar ahora huesos y dientes humanos nos hallamos ante un auténtico enterramiento (no sacrificio); una ofrenda mucho más compleja que necesitará un estudio y análisis más detallados.
Poco a poco recuperamos una serie de objetos de madera: dos aretes (pendientes) como trompos en miniatura, varias cuentas de un material blanco no identificado aún (posiblemente se trate de algún tipo de concha marina), un tupu (prendedor) incompleto de plata y un ornamento trapezoidal que probablemente formó parte de un collar.
Así mismo, Pablo rescató, con mucho trabajo, un tejido congelado de unos 50 cm. de largo, una muestra de madera sin determinar (o algún tipo de fibra vegetal) y más tejido en peor estado de conservación que el primero.
El descenso, como casi todos los descensos de montaña, entrañaba los peligros añadidos de la fatiga, la relajación y el estado de la nieve transformada por el sol. Los “achachilas” de la montaña, como auténticos ángeles de la guarda, nos protegieron en el último momento cuando Pablo cayó arrastrando consigo a Oswaldo por la pendiente de hielo que se precipitaba directamente a las voraces grietas del glaciar sur. Fue entonces cuando noté un fuerte tirón a la altura de las costillas; la cuerda se tensó como si de un cable de acero se tratara y los dos arqueólogos se detuvieron entre el asombro y el miedo de la segunda cordada que en este momento llegaba hasta donde yo me encontraba.
Apenas comentamos la caída, la noche nos atrapaba en medio de una morrena interminable. Juan Alaña, el guardián del campamento base salió a nuestro encuentro señalando el camino con pequeñas hogueras a modo de balizas. La cena estaba servida; no pude probar bocado, llevábamos 13 horas de actividad a más de 5.000 m y apenas habíamos comido en dos días, pero la alegría del que llega a la cumbre y rescata un tesoro tan hermoso, se nos reflejaba en nuestras caras fatigadas y cortadas por el viento de la cordillera.
ANTECEDENTES HISTÓRICOS
Las primeras noticias conocidas de esta cordillera nos llegan a través del libro “Por las montañas de Bolivia” del alemán Henry Hoek, un relato de un viaje de aventuras de 1904.
En 1939 Joseph P. Prem, además de ascender al Sajama por primera vez escala en solitario el Cerro Santa Vera Cruz (5.560m) por la arista N.N.O. Pocos años más tarde repite esta misma ascensión su compatriota Frederic Ahlfed.
Nuevo salto en la historia andinista y 40 años más tarde, Evelio Echevarría asciende uno de los cerros secundarios, el Cala Cala (4.600m), e intenta repetidas veces el Cerro Chupica (rojo sangre en aymara).
En Mayo del 99, Javier Navarro, Isidro González y yo decidimos organizar una expedición ligera a este lugar en busca de aventura y exploración.
En aquella ocasión escalamos primero la cara S.E. del Pico de la Fortuna, una difícil ascensión que nos costó 17 horas de esfuerzo. Dos días después trazamos un itinerario nuevo, bautizado Jenecheru (el fuego que nunca se apaga) en la vertiente Oeste del Cerro de Santa Vera Cruz. Una ruta glaciar que nos llevó rápidamente hasta la cumbre, donde buscamos con ansiedad la tarjeta que había depositado J. Prem hace 60 años. Esta apareció en pocos minutos protegida por una cajita de “leche de magnesia”, pero al mismo tiempo y a pocos metros de distancia vimos como asomaba una especie de varilla metálica. La desenterramos y comprobamos que se trataba de un “tupu” (un prendedor de plata) clavado en un atado que contenía dos vasos ceremoniales (kerus) y un recipiente de madera. Alguien, hace mucho tiempo, había escalado esta montaña sagrada, pero ¿quién pudo ser?
Una vez en la Paz nos pusimos en contacto con Oswaldo Rivera y le entregamos todas las piezas encontradas que él a su vez depositó en el DINAAR, en manos de Eduardo Pareja; ambos arqueólogos en una entrevista publicada en el Seminario “Pulso” de Bolivia, hablaron sobre este hallazgo como un descubrimiento importante al tratarse de una ofrenda de la época post-tiwanaku, aproximadamente del año 1200. En este momento se estudió la idea de realizar una expedición para el mes de Mayo o Junio junto con arqueólogos y andinistas bolivianos, a fin de realizar una nueva excavación en la cumbre, con el propósito de contextualizar el hallazgo y recuperar los carbones de la ofrenda, o restos de madera útiles para ser analizados.
TIWANAKU Y EL SEÑORÍO DE LOS AYMARAS
La cultura de Tiwanaku surge en la ribera Sur del lago Titicaca hacia el año 1.500 a.c. Normalmente los investigadores la dividen en tres grandes períodos: época aldeana o arcaica, urbana o clásica y expansiva, hasta que llegó su enigmática desaparición alrededor del año 1.200 d.c. Cronológicamente, la presencia de Tiwanaku en la región de los Andes es la más importante y al mismo tiempo una de las más desconocidas en el mundo occidental.
Es difícil saber con certeza cómo ocurrió el colapso de este gran Estado, a priori pacífico, muy sabio y con una tecnología avanzada tanto en el campo de la arquitectura como en el de la agricultura.
Los arqueólogos no se ponen de acuerdo y mientras unos hablan de una invasión extranjera, los aymaras, provenientes del S.O. otros opinan que no hubo tal invasión, sino un fuerte cambio climático, una larga sequía hacia el año 1150 que duró alrededor de 90 años produciendo una disgregación social, una excisión de la cual nacieron los “señoríos de los Aymaras”, posibles descendientes directos de los tihuanacotas. Surgió entonces un período de cerca de 200 años de guerras fratricidas creándose pequeños reinos de tipo feudal como los Colla, Lupaka o Pacaje, hasta que llega el imperio inca dominando y pacificando la zona altiplánica.
Así pues, el doble hallazgo de Santa Vera Cruz data de este confuso período de luchas intestinas, según el informe preliminar escrito por Pablo Rendón, investigador del DINAAR:
“El hecho de que los huesos se hallasen desarticulados nos llamó mucho la atención, ya que como se sabe este tipo de ofrendas por lo general consisten en sacrificios humanos momificados y un gran ajuar ofrendario”.
“Este hecho poco común nos mueve a realizar una comparación con la tradición funeraria de los aymaras, la misma que consistió en la construcción de grandes necrópolis, más conocidas como chullperios, las mismas que albergaban a una gran cantidad de restos humanos pertenecientes a parientes muy lejanos o cercanos de los ayllus (comunidades) y pueblos aledaños a estas estructuras. Las osamentas fueron consideradas por los aymaras como sagradas, existiendo ciclos rituales destinados al culto de los muertos”.
Hasta el día de hoy los importantes descubrimientos del Cerro Plomo en Chile, del Ampato en Perú y del Llullaillaco en Argentina, pertenecen a la cultura inca, es decir 300 años más recientes que este último rescatado en Bolivia. Con este nuevo descubrimiento arqueológico nos encontramos ante el hallazgo más antiguo encontrado en una cumbre de América Latina; récord de altitud para su época.
CONCLUSIONES FINALES
La presencia precolombina en esta montaña nos hace pensar en una cultura que desaparece de pronto después de más de 2.500 años de existencia, dando paso a un racimo de pueblos enfrentados entre sí; y en medio de todos unos aymaras elegidos por la comunidad escalan sin material, técnica, ni medios una montaña de difícil acceso sólo para depositar en su cumbre una ofrenda, un testimonio que nos acerca un poco más a este pueblo que desconocía la escritura, pero en cambio nos dejó como herencia una serie de enterramientos y yacimientos arqueológicos de obligado interés.
Mientras profundizo en estas reflexiones he recibido un e-mail de Bolivia, la antropóloga Deborah Blom después de un examen preliminar de los huesos hallados reconoce que pertenecen a un niño (a) de 10 a 12 años de edad; el misterio continúa…
Huañacota permanece en silencio; sus habitantes se afanan por recoger la papa bajo la mirada divina del Cerro de Santa Vera Cruz; los espíritus de los antepasados de los aymaras de hace 800 años velan por esta humilde aldea, un lugar mágico perdido en el tiempo, atrapado por una historia que ahora se empieza a conocer.
AGRADECIMIENTOS
Embajada de Bolivia en España, Embajada de España en Bolivia, Viceministerio de Cultura.
Prefectura de la Paz, Jenecheru, y a todos los que han hecho posible esta expedición.